Un selfie con arte

20130428110917758Por: Jorge Sánchez

¿Por qué no? Los vemos todos los días y de cualquier estilo imaginable, incluso los astronautas no se quedan atrás. No hay nada que no sea meritorio de un selfie para el ágora digital. Y el mundo del arte está cambiando con este nuevo fenómeno que se roba el show. Los autorretratos con poses y gestos teatrales han alterado nuestra forma de aproximarse a las obras, e incluso cómo identificarlas.

Cuando en Junio pasado Katy Perry se tomó un selfie con la instalación Infinity room de Yayoi Kusama, la imagen paso de viral a pandémica en cuestión de horas. Hasta la cantante Adele la empleó de fondo durante su presentación en los Brit Awards con When we where young. La avalancha de visitantes al museo Broad de Los Ángeles fue tal, que las visitas a la sala redujeron a 45 segundos por persona. Esta anécdota ilustra como hoy día muchos museos y galerías han incorporado los selfies entre sus herramientas para promocionar artistas y exposiciones. A veces con hechos lamentables como cuando un joven portugués derribó una estatua de un rey lusitano del XVII.

No obstante ferias como Art Basel, Coachella, Arco y galerías de prestigio tales el Smithsonian o el MOMA de NY animan a sus visitantes a tomarse selfies con distintas obras, mientras curadores digitales se dedican a postear y difundir las imágenes más atractivas sobre sus expositores. Desde hace poco, con la anuencia de los artistas o sin ella, las instituciones exhibidoras recuren a la creación de galerías virtuales para alentar selfies atractivos e ingeniosos de sus visitantes; una formula intachable pues fomenta el interés y la preocupación por lo que sucede en sus salas sin necesidad de generar costos alguno.

A veces claro ocurren severas disputas con los artistas y sus representantes que ven rebajada su obra a decoro de lo efímero, o por lo contrario obscurece resplandores auténticos. En la feria Basel de Hong Kong una instalación de Zhang Ding´s, había sido relegada a los pasillos oscuros de la museografía hasta que estalló por Instagram y cuadruplicó su precio.

Por lo general la instalación es la gran beneficiaria de esta estrategia, en especial aquellas con una visualidad seductora, que ofrezca una escenografía original para la foto. El selfie, como dice el término, es una forma de egocentrismo propia de nuestros tiempos. Es antes que nada la plataforma por donde el universo digital incide sobre la realidad social “analógica” y nuestra autoestima. Este formato de autorretrato hace de la comunicación no un medio, sino un fin en sí; el arte, el universo de las exposiciones, los carteles, las esculturas, los artistas celebres… todo ello se supedita al interés particular de quien toma la foto y la publica con la intensión de obtener centenares, o miles, de pulgarcitos aprobatorios. Las “decoraciones” o “fetiches” que ofrece el arte contemporáneo son una buena manera de obtener una imagen atractiva y original para destacarse. No hace falta ni si quiera comprender de que va la obra para obtener una buena dosis de narcisismo digital.

¿Pero, y si invertimos el punto de mira? ¿Acaso no puede ser que estemos presenciando el nacimiento de una nueva expresión cultural? Como reza una de las obras de Uri Bleier expuestas en Auto Like en La Bombilla Verde del Vedado: “La cabeza es el nuevo desnudo”. Y si, ciertamente el rostro se ha convertido en la metonimia de las personas, y Tinder es la prueba más inapelable de ello. Me vienen a mano sentencias como: el cuerpo como texto artístico, palimpsestos digitales, body art y otras terminologías teóricas. Tal vez alguien ya este destilando una nueva denominación que pronto conoceremos. El hecho cierto es que nuestros avatares digitales han reclamado para su egolatría pública el mundo del arte, y este ha sabido hacer uso de ellos a su vez.

Vanidad, vanidad pensarán muchos… pero, ¿Por qué no? ¿Acaso el arte Pop no tuvo su génesis en el lenguaje superfluo de la publicidad? Tal vez por su novedad o por su sobreabundancia, no sea fácil de vislumbrar trabajos que empleen el selfie de manera astuta e inteligente. O tal vez será que nos dejamos llevar por los tecnicismos nominativos. Pensándolo bien, Las Meninas de Velázquez son el selfie artístico más famoso de la historia. Y más cercano aún, Anselm Kiefer tiene una serie entera realizada a modo de “selfie” donde aparece con el saludo fascista en diferentes monumentos importantes para la historia. El hecho es que el autorretrato y la autoreferencialidad en el arte no son algo nuevo, más bien son parte de los mecanismos con los que una época cifra su propia identidad cultural. Tal vez la espinilla en la suela sea que no hay que ser artista para hacer un selfie original, capaz de sugerir una idea interesante y atraer miles de curiosos, el propio género es tan democrático que violenta la tradicional barrera entre artista y espectador.

El selfie como formato fotográfico abre puertas a nuevas maneras de abordar el cuerpo y la identidad, sobre ello miles de artículos con un perfil de investigación sociológica se han realizado. Pero si se utilizan obras de arte como fondo… ¡Algo bueno debe surgir! Ya Baudelaire anunció que siendo más comercial que lo comercial se llega al arte revolucionario. Tal vez debamos hablar de una especie de obra-palimpsesto donde la participación mediática complementa o expande los significados de la obra: ¿Deberían considerarse los comentarios? ¿Las fotos de imitación? ¿O verlo todo como un conjunto? ¿Cara de burbuja o de gato triste? ¿Y el Planking? Bueno… no derivemos en los detallismos, hay que dejar espacio para la creación.

El hecho medular respecto a este fenómeno social, reside en que ilustra la naturaleza confesional de nuestra civilización. Facebook, Instagram y WhatsApp son solo el intermedio por el que expresamos y ratificamos la verdad interior de nuestras vidas. La necesidad de escenificar y espectacular la vida ordinaria es el sello de hoy. Artistas como Cindy Sherman, Richard Prince, Collen Schorr y Larry Sultan tienen una obra vasta y reconocida sobre este tema. Ya en el 2001 White Cube auspició una excelente exposición llamada Settings & Players. Theatrical ambiguity in American photography. El núcleo investigativo de sus curadores, Louise Neri y Vince Aletti, fue problematizar la llegada de una nueva forma de teatralización, una donde la imagen personalizada, democrática, libre de cánones eruditos, era árbitro y modelo.

Entonces, ¿Cuál es el miedo? No dudo que alguien en la constelación digital no esté realizando un trabajo serio e interesante. Ya en enero de 2016 tuvimos una exposición de Lissette Solórzano en la Fototeca de Cuba, que exploró con modestia este terreno. ¿Habrá que esperar algún premio y su subsecuente escándalo?

El nombre y las reglas básicas puede que sean nuevas, tal vez hasta un poco restrictivas, ¿Pero qué mejor incentivo para la experimentación? El reto está declarado: ¿Quién saldrá a la arena?

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