La cabeza entre mis manos

Yansy Sánchez Fernández (Santiago de Cuba, 1981). Tiene publicado los libros de poesía Té para los bárbaros (Ediciones Santiago, 2006) y Maldita sea (Editorial Letras Cubanas, 2007). Ganador del Premio Pinos Nuevos de poesía (2006), la Beca de Creación Prometeo del XIX Premio de Poesía La Gaceta de Cuba (2014) y la Beca Dador (2016). Sus textos aparecen en varias antologías de poesía tanto cubanas como del panorama internacional. Es miembro de la UNEAC.


Zigzagueando el litoral el muro de contención aísla y protege. Contrasta con el mar las migraciones humanas que concurren en la aldea. A lo largo del muro reservorios de gente ya vencida han perdido su cabeza. De este lado, no se halla la posibilidad. Después del muro, quizá esté la posibilidad. La cabeza es un signo vital de sentimientos. La encimo sobre el muro para que vea en lontananza, sobre el mar, una ciudad posible, infinita. La vuelvo contra mí para que observe, me observe, sepa de mí. Luego podrá tomar sus decisiones. La cabeza entre mis manos no podrá perderse, no podrá tomar terribles decisiones. Una mujer sin cabeza es una loca, un hombre sin cabeza es como una loca; pero un hombre que no quiere perder su cabeza, como yo, la aprieta entre sus manos. La aprieta y la acaricia: imaginar compensa. En un barquito de papel hay una aldea. En la aldea hay un hombre solo, un hombre que enfila su cabeza entre las grietas del muro, y queda allí perplejo hacia la nada, lo incensurable.

Santuario

Los perros que mean la Ceiba del Templete no comerán otra vez del mismo árbol. La Ceiba crecía abundante y saludable y el perro la miraba largamente. Entonces comprendí: donde mean los perros, comen los orishas. Es raro que ellos desdigan esta enseñanza. Los devotos nunca lo comprenderán, los perros tampoco. Ordenados los tributos, cada uno ocupa su lugar: sobre la tierra, los devotos; sobre los devotos, los orishas, y el perro abundoso meando todo aquello desde su altura. Burlada la vigilancia vendrán una vez más y harán lo mismo. Al tronco agraciado de la Ceiba que al anochecer padece, no lo verán sino hasta el alba los serenos, que apartarán la mierda y baldearán la orina, acomodarán gustosos las ofrendas, y el pueblo, impacientado, vendrá de nuevo a hacer su parte.

Menear la cola

Suenan el plato y asisto babeante como perro que tiene su oficio en las migajas y se sabe ilegítimo del pan, que si acontece a diario es por los hijos, que ignoran mis intentos de menear la cola a asistir babeante; me ignoran así para luego culparme por todo lo que veo, lo que escucho, cuando ladro porque estrechan mis paredes y me diezman del sol, de la lluvia: y aún creen absurdo que diga: ¡soy perro sometido! Con todo, más me vale perro a salvo que hombre muerto. Que por prudencia me ajusto al género donde andar perrunamente es norma, noción del equilibrio. Digamos, aunque suban los perros a la mesa, no heredaré las nalgas previstas al banquete. Restará ajustarme al cruciforme mientras como por fuerza las migajas. No hay lugar en tal cuestión para el orgullo. Mientras me suenen el plato asistiré. Quedará menear la cola si algo ellos derraman. Si acaso el pan (entiéndase por vida) no derraman, me quedará aún así, menear la cola.

MI PADRE LEE LAS ESCRITURAS A LA HORA DEL ALMUERZO. DESDE

otros bordes, los niños hacen rumba, mi madre permanece escéptica, y mi mujer prefiere el himno bayamés. Sentarnos a la mesa nos ha hecho apostar por un milagro, como este de ser al unísono. Unísono al menos, por el hipo que nos mantiene cogidos a las sillas, idénticos, malhablando de la patria. Malhablando por todos que el hombre vive según llueve, y que lluvia es salud. Nosotros, que no tuvimos un almuerzo.

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