No tan cerca mi amor, que sin ti no vivo

Por: D. M. García

“¿Si nunca habíamos tratado de subirnos?                                                                                                                                                 ¡Cómo no! Bastaba llegar justo debajo con                                                                                                                                                       la barca, apoyar una escalera y arriba.”                                                                                                                                                            (La distancia de la Luna) Italo Calvino

Sara y yo fuimos de esos tantos que pasamos las primeras noches de novios tendidos en un parque jugando a detonar la superficie lunar. Elevando los brazos simulábamos hacer contacto con ella y coincidíamos más de una vez con una explosión. Era un espectáculo cruel, hermoso, ver las ondas expansivas consumiendo la luna. Pedíamos un deseo cuando algún pedazo se desprendía y saltaba a nuestra atmósfera. Aquellos fueron tiempos de muchos deseos. Cada vez las detonaciones eran más poderosas y a veces se escuchaban en la Tierra. Toda una época de luces en el cielo hasta que una mañana, con la salida del Sol, nos percatamos de que la Luna, enojada de tanto suplicio, se nos venía encima.

Llovían los muertos del cielo. Algunos cuerpos y de cuerpos salían disparados tan alto, que entonces su altura se volvía nuestra y jamás bajaban hacia allá, comenzaban a subir para aquí abajo. Una vez tuve que arrancar a un niño de la reja del patio. Sabía que era un niño, su rostro estaba intacto, a sus pies, pero intacto. Aquellos pies se hacían un revoltijo de carne con otros órganos que lo convertían en una gigantesca bola de carne con rostro de niño.

El día era todo recoger escombros y cuerpos, pudrición y municiones. Cuando comenzaba a atardecer era que apenas terminábamos el trabajo. Sin la Luna y su gravedad éramos lentos y torpes como nuestras apariencias llenas de arrugas y cansancio. Con el crepúsculo se venía la guerra como un huracán en el horizonte que avanza devorando el cielo con sus gritos y todas aquellas explosiones y disparos con los cuales, luego de varios años, aprendimos a dormir.

Sara enfermó poco después que subieron los tanques a la Luna. A causa del estrés y la falta de sueño, según los médicos. No logra descansar en las noches. Se atormenta con la idea que nuestro nieto Iván, reclutado con apenas doce, ya hará unos diez años atrás, esté muerto. No deja de decirme que solo quiere verlo por última vez para poder descansar en paz. Y duerme algo Sara, descansa. Yo vigilo. Y te amo, y qué dolor, y qué ligero me siento con la luna tan cerca. Casi floto, la butaca no me pesa, hasta la cargo con una mano para acomodarla frente a la tele, y esta no es vida pero qué bien me siento. ¿Y Sara?

Durante la noche, llena de azares sonoros que muchas veces llegué a relacionar, cosas de viejos, con óperas y grandes conciertos de música clásica que escuché en algún momento de mi juventud, varios soldados deambulan por las calles en busca de ayuda, tratando de huir de aquel infierno que irónicamente está en el cielo. Descienden por los grandes edificios que rozan la superficie lunar. Hoy, mientras intento agarrar el sueño que a diario juego a predecir, será el último; tocan a la puerta. Bajo sin mucho susto y ligero como la gravedad me permite. Sara duerme. Me asomo, por simple costumbre, a la mirilla de la puerta, a mi edad lo mejor que me puede pasar es que me peguen un tiro en la cabeza, ¿y Sara qué? no veo a nadie y decido abrir. Recostado a un marco de la puerta, en el suelo, un soldado me mira. Le alcanzo un vaso de agua y lo bebe, aun si moverse y yo, sin querer molestarlo, me siento a su lado. Es joven, de unos veinte y tantos. Señor, usted ¿Qué hubiera querido salvar?, me dice agarrándome la mano y mirándome a los ojos. A mi nieto. Hubiese querido salvar a mi nieto. ¿Y tú, qué hubieses querido salvar?, pregunto. Fundimos la mirada. A la luna.

Saco de mi espalda la magnum y le disparo en el rostro. Otro bulto de rostro con cuerpo de niño que tengo que recoger antes que Sara despierte. No puedo arriesgarme siquiera a preguntarles el nombre. Cuando uno se vuelve viejo solo le teme a morir solo, e Iván, un día de estos puede que aparezca. Luego, jamás dejaré que Sara vea su rostro de niño, y haré lo imposible porque la Luna se siga acercando.

 

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