La muerte del autor

Por: Rigoberto Otaño Milián

«Desde la primera vez todo fluyó bien. Yo fluía sobre ella y su piel blanca como el mármol brillaba en mis sábanas sucias. Ahí la volví a tomar de espaldas. Apreté su culo contra mi abdomen para nunca salir de él. Bajé mi mano derecha por su pelvis y acaricié su vello ausente, sus labios húmedos, su lozanía. Quería dilatar ese momento tanto como fuera posible, disfrutar al máximo de su cuerpo ofensivo, irreal. Mi mano izquierda fue a sus pechos minimalistas, perfectos. Acerco mi boca a su nuca. Respiro sobre ella, la olfateo en busca de olores. Pruebo la textura de su pelo, el sabor de su piel. Quiero fusionarla a mi cuerpo, entrar tanto como pueda entre esas dos piernas geométricamente perfectas.

De espaldas no me es suficiente. A punto de eyacular, abandono su ardor. La pongo de frente a mí y sus ojos me ciegan, me pierden. Me trago toda su boca. Busco su lengua y la agito entre mis labios. Otra vez quisiera devorarla. Hacerla mía hasta en lo más mínimo. La vuelvo a penetrar, ahora su boca es mi rehén…   La nariz comenzó a sangrarle. Manchó mi baño de mármol blanco. Eso me gustó. La volteé de frente a mí y le introduje los dedos en su vagina. La masajeé hasta que la presión terminó expulsándome en un orgasmo de fluidos hirvientes. Las llagas en mi mano eran prueba de su ardor. La abracé, le rogué al oído que se la metiera, que acabara con todo. Se lubricó bien con su mano. La estuvo chupando un buen tiempo, se la metía en la boca y se acariciaba la lengua. Cuando logró aceitar bien sus dedos, untó toda su vagina nítida, relucientemente. Se acostó sobre la mesa y con las rodillas dispuestas al cielo me invocó. Tomé sus piernas en los hombros y la penetré hasta que no quedó nada de espacio entre nosotros. Durante horas, días, estuve golpeándola con mi pelvis. En algún momento la volví a llenar de semen. Su cara se paralizó en una mueca de placer. Ya había perdido el conocimiento y, en su boca, la sangre seca había formado costras. La levanté y lentamente, en su estado casi inconsciente, dejé que se sacara mi pene.»

  • ¿En tu casa o en la mía? — Me interrumpe y dispersa las nubes de mi cabeza. Su mirada indica que aún espera una respuesta.
  • ¿Perdón? — Le respondo. Sonríe. Yo tiemblo. Nervioso, aparto la mirada.
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