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Foto de Internet.

Por: D. M. García

Juanmi caminaba adelante, apurado. Yo me entretenía inventándole las dos h y la t, que ya no estaban, a su camiseta del Chicharito en las rayas del Chivas. Era bien tarde y aún quedaban un par de millas para llegar a casa. Fue uno de esos días en los que habíamos perdido el bus de la fábrica y teníamos que atravesar un buen tramo de la autopista.

Juanmi no era un cobarde, pero temía por mí, por mamá, por Lupita que apenas tenía diez años, por papá que ayer no volvió a casa. En la fábrica unos chamacos juraron haber encontrado la cabeza de un hombre a la orilla de la carretera unas noches antes. En el pueblo era sabido que el ambiente no estaba tranquilo, había sicarios rondando la zona. ¿Por qué no aflojas Juanmi, me duele la espalda? La bolsa que cargaba mi hermano era la más pesada, pero él era el mayor y corpulento para su edad. Cargábamos con los ladrillos defectuosos que podíamos. Con ellos se había levantado y seguía construyéndose nuestra casa. Tú verás que lo de papá es cuestión de algunos tragos, ya debe haber llegado. Calla y camina Tito, me dijo. Anduvimos en silencio unos diez minutos más y la frialdad de la madrugada se hizo oficial. Seguía sus pasos a oído, porque apenas lo veía. Desde lo profundo del llano, un polvo inflamado por las luces de una camioneta comenzó a acercarse de prisa. ¡Corre Tito! Pero yo ya estaba corriendo. Juanmi me alcanzó, me agarró con una mano y no podía conmigo, con la bolsa, con Lupita y con mamá y… ¡¿Dónde estaba ese viejo borracho?! Los gritos y la luz estaban cada vez más cerca y justo al llegar a unos pequeños árboles, Juanmi me empujó y se lanzó a mi lado. Aquellos arbustos no podían disimular sus pocas ganas de escondernos.

Vaya a saber la virgen qué suerte trazó aquella noche para nosotros, que la bendita camioneta vino a parar justo frente a nuestro escondite. Luego fue polvo en los ojos, en los oídos y Juanmi casi me ahoga tapándome la boca. En ese momento podía aparecer la Santa Guadalupe, pero el asma no, no la tos.

Los matreros comenzaron a saltar del auto y sus botas espoladas sonaban a grandes cueros con poca pierna. Pensé en las pelis de acción, cuando el bueno se esconde del malo, cuando es tan dichoso el guión que mean al protagonista. Estaba dispuesto a recibir un buen baño y permanecer callado. Me imaginaba el calor en la cabeza, corriendo por los oídos, llegando a los labios y la tentación de probar. La humedad en mis rodillas, muy extraña. Permanente, real. Llevé mi mano derecha al suelo y palpé una pequeña charca. Venía de Juanmi y era orine. Pero estaba seguro que no era suyo. Juanmi siempre nos cuidaba, sobre todo a Lupita. Cada noche cuando mamá y papá se dormían, él se metía en su cama a enseñarle algunas cosas que en la vida son necesarias, dolorosas pero necesarias. A veces se quedaba dormido allí, con sangre en los dedos y olor a mierda, y yo lo despertaba antes del amanecer para que no lo descubrieran, y lo ayudaba a limpiarse las manos, a quitarse ese sabor horrible del miembro. Pero el orine no podía ser de Juanmi. Él no era un cobarde.

Alguien se acercaba. Ese no era el momento para decirle a mi hermano que un hurón lo había meado.

El sicario no llegó hasta el arbusto. Sacó su rabo a plena luz del vehículo y comenzó a dibujar figuras en la carretera. Tenía un miembro enorme. Le ondulaba poderoso y a media erección. Apenas lo agarraba a puño cerrado de su nacimiento en la pelvis; era muy grande, más grande que el de Juanmi. Supongo que ese dolería más. Aunque pensándolo bien, el de Juanmi ya no me duele, estoy acostumbrado.

Cuando terminó se dirigió a la camioneta y bajó por los pelos a una mujer. Luego otros dos arrastraron a un hombre tinto en sangre hasta su lado. La mujer estaba golpeada, tenía un vestido azul cielo y era mi madre. El otro, por deducción, era Don Roberto Mejías, papá, el alcohólico que violaba a Juanmi de pequeño, el que hacía dos noches no venía a casa porque le había fracturado dos costillas a mamá y Juanmi lo había amenazado con un cuchillo. Siempre tan valiente. Cuando el viejo salió por la puerta mamá le pego una buena tanda. Más tarde, Juanmi se la cobró con la pobre Lupita que gritó como nunca antes, tal vez se pasó un poco. Pero a mamá que no hacía nada, le pasaba todo aquello. Ni cuando papá se violaba a Juanmi, ni cuando Juanmi se cogía a Lupita o me cogía a mí, ella simplemente callaba. Y nosotros estábamos allí, como ella, sin hacer algo, mientras el del rabo grande le cogía el culo y se lo hacía sangrar. Otro la sujetaba y le rompía los ojos a puñetazos. Juanmi estaba acurrucado con las manos en el rostro y parecía que lloraba, pero estoy seguro que rezaba. Él no era un cobarde.

Papá ni reaccionaba. Casi inconsciente, boca abajo en el suelo, trató de incorporarse y llamó la atención del superdotado violador. Soltó a mi madre, como se saca una paleta de su estuche, y penetró a Don Roberto, como se abre una pared con una broca.

Los gritos de papá eran exquisitos como nunca los imaginé, terribles. Traté de poner especial atención a lo que corría por las piernas del azotador, ¿era sangre o mierda?, me costaba reconocerlo, creo que era un poco de las dos. Ese rabo se clavaba bien profundo y aquel chavo era insaciable. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo y se erizaron mis pezones al sentir que en un ataque frenético, Juanmi se me encaramaba encima y comenzaba a metérmela con mucha fuerza. Yo no grité, era costumbre aguantar en silencio.

Desde que se entretenía con Lupita me cogía con muy poca frecuencia. La última vez hasta sangré un poco. Esta era diferente, lo hacía con pasión, mirando cómo le rompían el culo a papá. Me apretaba las nalgas, me mordía las orejas y hasta me alzó la cabeza y me besó en los labios por primera vez. Yo miraba aquel enorme rabo entrando y saliendo de papá, y sentía que el de Juanmi también era enorme y me golpeaba casi en donde empezaba el mío por dentro, y lo provocaba. Con cada pinchazo directo al alma se me hinchaba, y con más furia crecía, y a papá le volaron la cabeza con un revolver.

Juanmi se detuvo, se lanzó otra vez al lado y se llevó las manos al rostro. Mamá se dejó caer toda mórbida y sangrando. Otro, que hasta ese instante no había hecho más que mirar, levantó un bate de baseball y comenzó a pegarle con mucha fuerza. Casi ningún golpe iba a la cabeza sino a los pies y a las costillas. Alguien alzó la radio. Los demás se turnaban el bate y gritaban. Juanmi se echó a llorar. Lo vi con mis propios ojos. Resulta que sí era un cobarde.

Con tanto ruido y desquicio podíamos encender fuego si hubiésemos querido y no nos habrían descubierto. Pero yo no pensé en eso, solo me hirvió la sangre al reconocer que un cobarde me rompía el culo desde los seis años. Metí la mano en una de las bolsas y agarré una roca perfecta, puntiaguda y filosa. Y entramos en sintonía el del rabo grande y yo. Él le rompía las costillas a mi madre y yo le encajaba la piedra por la boca a Juanmi. Cuando la roca ya estaba dentro de su cabeza y sus dientes se acomodaban encima de mis nudillos, me detuve. El flaco de turno al bate finalmente se paró, mamá no se movía más. Yo, fiel a su ejemplo, no hice nada por ella.

El polvo se elevó nuevamente y la camioneta retrocedió y comenzó a alejarse. Agarré el morral que me correspondía y me acerqué lentamente, con una erección insoportable, hasta el cuerpo de mi madre que ya no era mucho más que un tapete invernal. Yacía boca abajo, con el culo al aire. Quizás, a pesar del daño, era el culo lo que mejor le había quedado. Para mi sorpresa estaba viva, y creo haber entendido entre burbujas rosadas que pedía ayuda o decía mi nombre, no lo sé. Lo cierto es que cuando me acerqué para escucharla rosé mi rabo con sus muslos. Lo saqué de su confinamiento y decidí penetrar a alguien por vez primera. El mío era algo más grande que el del sicario. Si mal no recuerdo, mamá murió apenas unos segundos antes que me viniera.

Al llegar a casa encontré todo destrozado. Bueno, los tres trastos que teníamos. Para mi sorpresa mantenía una terrible erección. Cuando entré al cuarto de mamá hallé a Lupita, amarrada boca abajo y desnuda en la cama. Apenas me vio pegó un grito de alivio. Su cuerpecito estaba lleno de moretones y cortes. El orificio del culo inflamado y con sangre. Eso debió ser obra del flaco del rabo grande; qué muchacho aquel para estar jodiendo a los demás. Lupita volvió a gemir pidiendo que la desatara. No perdí tiempo y me lancé sobre ella. Qué sorpresa se llevó cuando sintió que un rabo, más grande que el del sicario, le destrozaba el culo en aquella mañana.

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