Con un mismo fin

 

Abriendo Ventanas

Autro: Adrián de la Campa Escaig
el oficio  · abril 2016

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Con sus fallos y aciertos, acaba de ocurrir la segunda edición del Festival del Cartel en La Habana. Surgido en 2013, en esta ocasión estuvo dedicado a la mujer y se ahondó en la labor cartelística de algunas féminas mediante la realización de las exposiciones Un grito de mujer y Carteles de Marta Granados y el coloquio Cartel-Mujer/Cartel.

Hablar sobre la generalidad del evento merece un espacio mayor: una exposición paradigmática acontecida en dicha jornada lo fue SeattleHabana-Teherán. Vivimos una nueva etapa con características propias, que recién comienza, y no va mal si valoramos nuestras piezas al lado de otras internacionales y apreciamos su incuestionable nivel. Sin embargo, este tipo de ocasiones no se brindan a diario, lo cual constituye un punto a favor de los organizadores del Festival. A sabios ojos, la exposición trasciende el mero hecho de colocar los cuadros mediante una curaduría más, para convertirse en acontecimiento cultural de gran significancia.

La exposición de carteles SeattleHabana, en esta edición agrega una nueva ciudad y alarga su nombre: Teherán. Como es de esperar, apreciamos un encuentro con cartelistas de tres ciudades diferentes como las que le dan nombre. Tres ciudades, además, con otra manera de ver el mundo y, por tanto, disímiles maneras de emplear el cartel como medio de comunicación. Ya lo decía Pepe Menéndez, con su característico sentido del humor, en las palabras al catálogo, en donde refiere: “Intento encontrar cosas en común entre Seattle, La Habana y Teherán y solo se me ocurren dos, de escaza significación: pertenecen al hemisferio norte y tienen al menos una letra ´a´ en su escritura de caracte
res occidentales. Así que el principal denominador de estas tres ciudades es, en este preciso momento (…), ¡el arte del cartel!”

“Tres ciudades, además, con otra manera de ver el mundo y, por lo tanto, disímiles maneras de emplear el cartel como medio de comunicación”

Y no se equivoca Pepe en tanto el cartel constituye lo que los une, aunque cada país resulte fácilmente identificable. Sus respectivas gráficas se distinguen entre sí por las maneras de solucionar y emplear los elementos o la propia conceptualización. Asimismo, estas diferencias son apreciables desde la curaduría de la exposición, resuelta en diversos grupos de a tres, grupos además, conformados por un cartel de cada ciudad cuyos nexos son temas comunes: hombres enmascarados, caballos o el uso de la tipografía. Sin embargo, las maneras de tratar esos elementos y cargarlos de significado resultan diversas e influidas por la cultura y la tradición de los países representados, lo cual es siempre de interés y provecho para el que desee evolucionar y no estancarse en viejas maneras, efectivas si se emplean correctamente, pero viejas. Debemos actualizarnos con el acontecer internacional, codearnos con lo que se hace en el exterior. Pensando fríamente en el diseño como sinónimo de competencia, pensemos, entonces, que aprovechar este tipo de exposiciones se hace imprescindible para la superación de los diseñadores.

El grupo selecto de Teherán llamaba bastante la atención por los formatos de dimensiones mayores y por la fuerte presencia de la tipografía o, mejor, de la caligrafía como elemento configurador. No podemos imaginar en estos carteles lo conocido en la cultura occidental como tipografía, dígase caslon, helvética, bodoni, etc., sino su propia caligrafía como componente tradicional y distintivo. Podremos pensar en carteles aburridos si atendemos a la construcción caligráfica y nos equivocaríamos. Cartelistas de nivel mundial como Reza Abedini lograron soluciones donde pocos elementos figurativos y caligráficos crean el micromundo de la metáfora visual, de la información efectiva y directa. Otros como Babak Safari, cuyo cartel De repente una paloma resultaba muy identificable, la caligrafía se esconde en la arquitectura que, de modo original, surge de un rostro escaso de detalles. En otra vertiente, Mojtaba Abidi en Tarek Artissi en Teherán, emplea un cuerpo frontal masculino para cargarlo de extraños símbolos que tienen su punto de origen en la caligrafía, ejemplo del deseo experimentador de los cartelistas iraníes para con este arte.

La caligrafía se encuentra en la cultura iraní en todos los espacios y soportes posibles, conformando una especie de horror vacui a la vista europeizada. A manera de resumen de esta estética tan diferente, cito parte de las palabras al catálogo del curador iraní Imán Raad:

En Irán, durante los últimos cincuenta años el diseño de carteles ha ganado un sitial muy apreciado como nexo entre el arte tradicional y el moderno. Al mirar esta exposición se revela una confianza enraizada en la precedencia histórica, que ha encontrado entusiasmo para hallar una nueva expresión. (…) Los carteles contemporáneos iraníes constituyen el espacio más notable para la interpretación renovada de la caligrafía persa, forma artística que ocupa un lugar único y amado en el reino persa.

Es quizás en el grupo norteamericano donde se encuentra mayor variedad visual en las soluciones. Se pueden apreciar construcciones que emplean como base el uso de la ilustración deformada, del comic, de la fotografía, con claros abigarramientos o la total sencillez, hasta otras donde la tipografía es la esencia misma del cartel. También se hallan estéticas con evidentes roces al pop o a la neofiguración expresionista, empleando sus ganancias y libertades formales para potenciar un discurso determinado.

Impresionantes y al unísono sencillas, encontramos obras como Os mutantes de Devon Varmega, en la cual, a partir de un entretejido laberíntico y caótico, salen a relucir las palabras portadoras del mensaje; o Death Cab for Cutie de Jesse LeDoux, con la ilustración de un personaje cuyas manos se estiran y entrelazan sin límites para evitar la acción de dos trazos tipográficos (la prolongación de la F y la E) sobre la parte superior de la cabeza; o Blondie at Marymoor de Ames Bros, donde aparece a manera de comic un rostro femenino protegiéndose con la mano y, al lado, un close up a la zona de los ojos y la boca, todo en negro y rosado, ejemplo perfecto de economía de recursos a pesar de la complejidad estructural.

Por la parte cubana, en esta exposición se repitieron nombres de nuestra cartelística que, desde inicio de los 2000, escuchamos con invariable frecuencia: Nelson Ponce, Pepe Menéndez, Edel Rodríguez (Mola), Michele Miyares, por mencionar algunos. Además, la selección de carteles tenía la peculiaridad de tomar un extracto de lo realizado a partir de 2012 por dichas figuras y otras más jóvenes, lo cual justificaba los carteles del Proyecto Hereje: Tribus Urbanas en Cuba, consumado en el taller de serigrafía René Portocarrero, para la XI Bienal de La Habana. En este proyecto, los diseñadores se propusieron tipificar mediante metáforas visuales y el ahorro de recursos, a esos grupos sociales que podemos encontrar en nuestras calles. Resalto en este caso la labor de Raúl González (Raupa) en Metaleros, donde, mediante la síntesis, una mano con dedos cortados muestra el conocido saludo de los rockeros. El empleo del negro, la tipografía y el rojo de la sangre terminan de recrearnos la visualidad generalizada alrededor de esta tribu.

Otros de los trabajos que se destacan son Premio La Joven Estampa y Muestra de cine de Costa Rica, de Nelson Ponce. El primero bien conocido por el tenis que deja su huella. Del segundo resalta la utilización de elementos como el colorido característico del país que exhibe un ave geometrizada que nos mira y seduce. Geniales también resultan los carteles a dúo de Edel Rodríguez (Mola), dígase Calígula y Lo que se sabe no se pregunta, junto a Robertico Ramos y Giselle Monzón respectivamente, ambos carteles de muy buena factura y con soluciones llamativas e ingeniosas.

Sin lugar a dudas, las tres ciudades demostraron su indiscutible calidad a la hora de elaborar carteles y se puede esperar que el diálogo no solo continúe, sino que se incrementen otros países con un mismo interés: el arte del cartel. Con esta exposición tuvimos la oportunidad de balancear qué tal estamos y, asimismo, aprender sobre este sublime arte que no deja de impresionar, de encontrar nuevos caminos para abrir aún más el diapasón de posibilidades creativas.

 

 

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